Una disonancia cognitiva – El choque entre lo que creemos saber y lo que es-

Angarion se quedó pensando en las palabras de la maga. Eran confusas. Él tenía que encontrar la salida a algo que desconocía. Y en realidad, tampoco sabía a donde iba a ir. ¿Salir a donde? Esa era una buena pregunta, pero tuvo la sospecha de que no era la más importante. Qué estaba haciendo allí ya lo sabia… ¿pero qué era ese lugar?

Su corazón dio un salto, como saltan los corazones de alegría, al hacer un gran descubrimiento.

Sindamel seguía allí, frente a él pero sumida en sus propios pensamientos y no quiso interrumpirla.

Comenzó a observar todo con más detalle. Efectivamente era un claro rodeado de árboles altos y de larga edad. Y se escuchaban aves de melodioso canto acompañar el susurro de los árboles que no cesaba, pues el sol jamás se ocultaba en aquel paraje.

Observó la tierra y notó algo que no había visto antes. Era una tierra de color rojizo y entonces notó que su ropa estaba impregnada de aquella arenilla que se apoderaba de todo aquello que la tocaba. También notó que era una tierra húmeda y que en uno de los extremos se notaba el paso de un surco de agua débil. Tal vez fuera agua subterránea que se revelaba en aquel tramo.

Volvió a mirar los árboles, tratando de imaginar hasta donde se internaban sus profundas y añejas raíces. Pudo ver entonces lo rugoso de sus cortezas y el verde dorado de sus hojas. Vio con gran sorpresa que no había dos árboles con el mismo tono verde en sus hojas y hasta tuvo la sensación de que algunos lo observaban. Eso lo inquietó por un momento y luego pensó que tal vez, podría hablar con esos árboles.

Volvió su mirada a Sindamel, ella estaba como dormida y sintió vergüenza al pensar en hablar con árboles. Se sentó nuevamente, y volvió a levantarse al percibir un movimiento en la roca que le había servido de cama antes.

-         Oye, pide permiso – escuchó que la roca le decía, dio varios saltos alrededor del claro y corrió hacia la maga.

-         Escucha, despierta. – la sacudió - ¿Estoy dormido? – le preguntó a la maga que lo observaba sin comprender qué le estaba diciendo.

-         Depende – fue la respuesta. - ¿Por qué crees estar dormido?

-         La roca me habló. Me habló una roca y tuve la sensación de que el árbol me miraba – y señaló al árbol culpable.

-         Ah no, entonces estás despierto y con tus sentidos en pleno funcionamiento – contestó la dama con gran naturalidad, lo que desató aún más la desesperación del joven.

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Caminaba de un lado a otro sin poder creer lo que le estaban diciendo. ¿Acaso era posible? No, sin dudas no lo era. Aquello era una mala broma.

Sindamel lo dejó caminar y dudar, lo dejó enfrentarse solo a sus dudas. Ella seguía pensando en el niño que había encontrado a su aprendiz. Aquello si le parecía extraño, solo podía significar una cosa. Pero eso era algo que también él debía entender.

Pasaron los minutos y el joven continuaba turbado. Optó por sentarse en el suelo, aunque antes tomó la silenciosa precaución de pedirle permiso para tomar asiento. Se encontraba frente a la roca, observándola tratando de encontrar la manera en que aquella enorme mole de piedra fría y gris le había dirigido la palabra.

El agotamiento se apoderó de su ser y cayó dormido una vez más.

Sindamel se quitó la capa y de su espalda surgieron un par de alas que se desplegaron para que ella pudiera elevarse y juguetear entre los árboles, susurrándoles canciones antiguas. Sus ropas se volvieron tornasoladas viéndose de mil colores según el punto de vista. Permitió que sus ojos se volvieran grises y sus cabellos de plata. Entonces volvió junto al joven y acarició su rostro suavemente y le cantó al oído.

Angarion se sumergió en un hechizo, se vio flotando como si nadara en el claro en que se encontraba. Vio entonces una criatura extremadamente bella y extraña.

-         ¿Estoy soñando? – le preguntó.

-         Aún si, pero debes despertar ahora. Estoy aquí.

Abrió los ojos porque le era imposible contenerse, aún a riesgo de no encontrar a aquel ser. Pero allí estaba. Inclinada sobre él, respirando muy suavemente.  Le sonrió un instante y luego se alejó. Entonces vio sus alas, que ahora la sostenían en el aire a pocos metros de él.

-         ¿Quién eres?

-         Me llaman Negnis

-         ¿Y que eres?

-         Soy una guardiana de los secretos del mundo. Nos llaman de diferentes maneras. ¿Tu que eres? – preguntó la dama.

-         ¿Cómo qué soy? ¿No es evidente? Soy un humano.

La mujer alada se quedó mirando al joven.

-         ¿Y no es evidente que es lo que yo soy? – replicó.

-         N..no… no lo sé – se enfrentaba por primera vez a un dilema. Jamás se había cuestionado lo evidente de su especie, más ahora se encontraba frente a un ser desconocido que nunca creyó posible que existiera y tal vez, a aquel ser le ocurría lo mismo. – Nunca vi un ser como tu.

-         Ni yo como tú, pero las historias que nos cuentan cuando somos niños hablan de seres similares a ti: grandes y arrogantes que creen saberlo todo. Y que carecen de alas o de la agilidad para esconderse y pasar desapercibidos. Son seres que han olvidado que todo tiene vida, alma y sabiduría. Y son fuertes y viven intentando demostrar a otros de su misma especie cuan fuertes son. Si, recuerdo que les llamaban humanos.

-         Yo no soy-

-         Nos contaban que ellos hablan de nosotros, de nuestro mundo. Y nos llaman hadas.

-         Nunca escuché hablar de eso. En mi mundo hay muchos seres de muchas razas diversas. Pero mucho se ha perdido y algunos partieron para no volver nunca más. Tú te pareces a esos seres que partieron, pero ellos no tenían alas.

-         ¿Cómo es eso posible? – preguntó. Al parecer Angarion había logrado captar su atención. Descendió suavemente y, acariciando la roca se apoyó en ella para escuchar al joven.

-         No lo sé. Nunca pude verlos. Pero los ancianos del pueblo donde nací contaban que eran seres que hablaban con los árboles y los animales. Y que vivían cantando. Dicen que eran inmortales y hermosos, como tú.

-         Vaya! Qué hermosa gente!. – dijo, sus ojos grises se habían iluminado de emoción como si recordara algo – Debo irme ya.

-         No! No te vayas. Quiero saber más de tu mundo. ¿Cómo llegaste aquí?

-         Vine a decirte esto: “La verdad escapa a la razón. Para encontrar respuestas, debes primero hallar las preguntas. Las preguntas son más importantes que las respuestas.”

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