Fluir o resistir

Me levanto temprano, pongo el mat en el piso, prendo el celu en la respiración/meditación que hago en la mañana, empiezo…”mamáaaa!”

Es increíble, si duermo hasta las 11, duermen hasta las 11. Ahora, más temprano me levanto para encontrar un hueco para mi, más temprano se despiertan ellos.

Me cuesta tomármelo con calma. Me enoja no poder disponer ni de un rato de tiempo en soledad.

La mayoría de las veces termino sin hacer nada, aun sabiendo que eso no me hace bien.

Pero a veces (reconozco que son pocas, no se porque me cuesta dejar que fluya esa energía) es como que sintonizo. Y entonces me pongo mas “liviana”. Y miramos juntos la meditación y respiramos. Y ponen una manta al lado del mat y hacemos los hipopresivos, y el saludo al sol. Y nos reímos, y lo disfrutamos. Y aunque quizás la rutina física no vaya a hacer que la panza post 3 embarazos se tonifique, la energía igual se nutre, y arrancamos mejor, y tenemos un buen día.

Me cuesta bastante fluir con que “las cosas son como son”. Entonces si no me salen como yo pretendo, me frustro. En realidad lo que me cuesta es soltar el control. Pero, desde que soy madre, es como que: o lo soltas o te volves loca. Es así. Una cree que va a tener que controlar no solo la vida propia, sino la de otro pequeño humano. Pero no, no, no…BAZINGA! Es ese otro pequeño humano el que toma control de nuestras vidas. Y nos pide sumergirnos en ese espacio oscuro y sin tiempo que es maternar un recién nacido. Y aquí se nos presentan dos opciones. Una es resistirnos. Y sufrir. Porque ese pequeño ser sabe muy bien lo que necesita, e ir en contra de esas necesidades va a generar angustia, caos, desesperación…Si, es cierto que podemos “entrenarlos”. Muchas mujeres lo eligen. Es incluso una “corriente de crianza” (me niego bastante a llamarla así, pero bueno). Pero eso no quiere decir que estemos cambiando las necesidades de ese ser. Simplemente le estamos demostrando que no nos importan, porque es pequeño y nosotros, grandes.

Bueno, esa opción no iba conmigo. Desde la primer pagina del libro lo único que quería era llorar y pedirles perdón a todos los bebés que hubieran pasado por eso (hormonazo puerperico modo on).

Así que fuimos con la opción 2, que es dejar que el bebé tome el control, el volante. Y nosotras seguirlo. Con esta opción yo recomiendo comprar el “kit de inicio”: un lindo porta bebé ergonómico, una cunita colecho, absorbentes de tela para ponerse en el corpiño, y un buen par de tapones para los oídos. Porque me cansé de escuchar lo mal que le estaba haciendo, que iba a criar un caprichoso, que nunca iba a salir de mi cama, que me iba a terminar dejando mi marido, que le daba la teta de gusto porque lo alimentaba más la formula…y miles más.

Pero para mi fue mi primer gran aprendizaje. Fue la primera vez en mi vida que apagué la mente y seguí al corazón. Fue la primera vez que me enfrenté a mi gran necesidad de controlarlo todo y pude decirle “bueno, para. Soltá un poco querida, que estas toda acalambrada”.  Y tampoco fue fácil. Una imagina que si ¿verdad? Que decís “bueeeee, que se vaya todo al cara – piiiiiip” y te relajas. Bueno, no. Al menos en mi caso no funcionó así. En mi caso pasaba horas y horas pensando si estaba haciendo las cosas bien, pensando en todo lo que creía haber echo mal y ya no podía solucionar, en todo lo que estaba por venir y seguramente no sabría hacer bien. Con decirles que a los dos años de mi primer hijo empecé a tener una crisis porque el sistema educativo le iba a “cortar las alas” a mi bebé (no, no iba a la escuela ni a la guardería ni nada). Pero es así, la necesidad de control tiene su contraparte en la ansiedad que nos da no poder controlar. Siempre tenemos una energía para sublimar, para aprender a manejar. Y sobre todo, para no dejar que nos maneje.

En mi caso, me sirvió mucho la comprobación. Si, ya se que quizás no es algo “tan espiritual”. Pero me sirvió y me sirve. Ver a mis hijos, con todos sus errores y mis ganas de matarlos varias veces en el día incluidas, ver sus ojos, ver sus emociones y sentimientos tan nobles, me hace entender que valió la pena. Que vale la pena. Y que aún al día de hoy me ayudan a trabajar en esto mío que es el fluir armoniosamente, el poder soltar el control con calma, el aceptar. Son mis maestros, en todo, siempre.

Y a ustedes ¿Cuál es la energía que más les cuesta trabajar? ¿Qué aprendizaje les quedó marcado con la maternidad? Las leo

Un gran abrazo,

Emme

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